sábado, 7 de abril de 2007

El bar del Chueco



Su índice temblaba y las cartas comenzaban a resbalarse, la tensión era obvia en las miradas alrededor, pero la suya demostraba mayormente una profunda desesperación. Hasta me pareció ver una gota brotar de su sien, y caer lento hacia su cortado frío.
-Tomá y tranquilizate Fabio, terminá tu tasa.- Soné bonachón y comprensivo…


¡Si no habré estado en su situación antes! Tantas veces, que en parte es por eso que ahora era diferente y me tocaba a mí depredar. Ni el mazo entero en sus manos podrá competir con mi asombrosa jugada – pensé – mis cartas perfectas combinadas con maestría ejemplar, vuelto de tantos años jugando.

Dueño de una increíble inercia, impulsado perro ciego por un largo historial de victorias, me supe destinado a volver a ganar, como todas las noches, sin excepción, siempre ganando.

Así es, por raro que parezca, que desde hace años no he perdido ni una sola vez en cuanto juego halla participado: partidos de póker, truco. Cartas, apuestas. Todos los días vengo al bar del Chueco y la historia es la misma. Incluso podría presumir de una cierta mitificación de mis hazañas, lo cierto es que hablan de mí en los bares, y ya conformo una leyenda urbana de la que todos oyeron alguna vez.

Hasta llegué a preguntarme la causa de mi extraordinaria racha que no deja de hacerme ganar. Pues la respuesta es simple: en el bar del Chueco no puedo perder. Parece que un espíritu bondadoso, o quién sabe qué, me ha tocado mágicamente concediéndome el don de la victoria permanente, de la suerte. Y desde entonces no perdí nunca. Aun que al concurrir a otros bares, o al volver a mis queridos casinos, el toque cesaba, y por más esfuerzos que hacía nada salía bien. La gloria sólo se me da en este lugar, y soy el único que lo advierte.

Y puede soñar extraño, viniendo de un tipo serio como yo, que venga a hablar de cosas inexplicables aparentemente sobrenaturales. Pues no lo son, llamemosle simplemente afinidad. Afinidad entre este saurio del juego y su querido bar.

Pero ambicioso al fin, como todo ser humano, quise experimentar con nuevas experiencias. Fue así que con el tiempo comencé a ensayar nuevas combinaciones para sacar aún más provecho de esta rara condición. Comenzando por las apuestas en los partidos de fútbol, boxeo, tenis, caballos, galgos, y cuanta disciplina deportiva sintonizara el viejo 20 pulgadas del bar, y de las cuales, desde luego, no tenía la menor idea de las reglas o los participantes. Sólo seguía mi instinto, apostaba, y al terminar mi café me veía de nuevo con más dinero y sobretodo, más fama. Explayándome a otros ámbitos, desarrollé mi nueva suerte con las mujeres, las que frecuentaban el lugar. Y un día al verme en el reflejo de mi copa, me vi convertido en alguien carismático y respetado, y más allá de haber conservado mi distancia y misticismo, no dejé que mi superioridad se me suba a la cabeza y que mi ego coma a la nueva persona que estaba engendrando. Exitoso, al fin.

De esta forma aproveché la soberbia y la ambición de cada uno de mis oponentes en estos dos años, y mastiqué su ingenuidad hasta donde quise. Aprendí el lado productivo de la escoria que se almacena en este bar como en cada rincón de esta pocilga ciudad, se trata de almas en pena y donadies tratando de pellizcar migajas de una vida de la cual soy rey. Con el tiempo pude vivir de sus intentos sin problemas, y cada vez fue más genial: ascendí por el podio de los compulsos y llegué al altar de los adictos al azar, y con mucho estilo.


Volviendo mi mente al juego con Fabio, bajé la vista y, como un golpe, sentí algo extraño; él conservaba la expresión de miedo en toda su cara, pero había bajado cartas totalmente inesperadas para mí. Conservé la calma y me defendí inmutable. Pasaron unos segundos, y con ojos nunca antes tan abiertos e incrédulos, para sorpresa de todos cuantos miraban atentos alrededor, Fabio coronó su molimiento con un AS semitapado por su mano, dispuesto temblorosamente junto a su café, destruyendo mi jugada.
Todos tardamos un poco en entenderlo, o quizá en aceptarlo, pero el juego había terminado y yo había perdido. El silencio asemejaba un velatorio y nadie sabía qué iba a pasar. Yo me levanté de la silla, miré alrededor, tomé mi saco y sin pronunciar palabra dejé a todos mirando tiesos al pasar la puerta y dejar el lugar.
Caminé extrañado, como presa de un mal sueño, todo parecía irreal. Tardé un tiempo en amoldarme a la realidad mientras deambulaba sin rumbo por las calles. Ciertamente, no tenía a dónde ir.
Por la noche, alojado en una pequeña habitación de alquiler recordé a la que alguna vez había sido mi esposa, recordé nuestros problemas, mis salidas, a un hijo que se llevó de casa, entre otras cosas. Me sentí o muy estúpido o muy sabio en haber dejado todo eso atrás, todo eso que en conjunto formaba mi vida, y lo había reemplazado por el juego. Y dormí sin saber qué pensar.
Han pasado unas semanas, y recién ahora vuelvo al mismo lugar llevado por una caminata improvisada. Ahí está. Desde el otro lado de la calle se lo ve a Fabio por la vidriera del bar, tiene ojeras y barba, como yo. Parece concentrado en ganarle a su oponente en cartas. Y le gana. Pero puedo decir que no es feliz, sé que está muy mal. Permanezco parado frente al local por unos segundos, mirando. Me pregunto qué habrá sido lo que me llevó a todo esto. Sólo tengo una certeza, el Chueco es el mejor comerciante que conoceré jamás…

Ahora comprendo por qué Fabio temblaba tanto aquel día, y por qué nunca festejó el haberme ganado.












-AG-