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jueves, 11 de octubre de 2007

El psicólogo

Posteo lo último que escribí y que andaba por ahí rodando perdido. En la aparente abstracción de algunos fragmentos recide lo más importante. Tenía ganas de moquerear un cuento, pero en el fondo ahí existe mucho sentido para entender la trama y bueh q se yo. Basado en un cadáver exquisito entre consumidores de Pedro, un loco de la facu de letras, y otros batracios..

PD: gracias vero y sugus por comentar por estos lares!











- El Psicólogo -
Por qué no estamos en Otoño?



- Así es, licenciado, este problema incide en mí cada vez más, y afecta mis relaciones con otros. Hasta me quita tiempo, incómodamente, este infeliz.

- Lo escucho.

- Resulta que mis problemas con la gravedad continúan, peor aun, cada día se agravan más.

- Otra vez con eso, Perez?

- Otra vez, pero ésta tiene que ser la última. Usted me tiene que ayudar.

- Mhh..

- Sucede a cualquier hora, sin causa aparente: de pronto me encuentro en el banco y zas! pierdo todo sentido de la gravedad y salgo flotando. Luego deben bajarme con escobas y cosas por el estilo. Es realmente degradante.

- Me imagino.

- O tal vez esté dando una caminata por el parque y sucede, sin previo aviso. Entonces debo aferrarme a algún pino para no terminar en las nubes! Figúreselo, ya no salgo a caminar de día, con la gente alrededor. Sabe lo que sería sino? yo no tengo por qué ser el circo de nadie.

- Qué terrible.

- Sabe lo que es estar ayudando a mi único hijo con sus tareas del primario y de pronto hallarme en el techo junto a sus globos de helio? Mire a lo que me ha reducido... es realmente embarazoso.

- Lo que tiene que entender usted es que se puede controlar eso. Usted puede, todos lo hacemos cada día.

- Eso me deja más intranquilo... no tiene alguna pastilla que pueda darme, algo?

- Vamos a seguir con las pastillas de siempre, y con el tratamiento que venimos llevando.

- Uh... ese?

- El mismo. Vamos. Sienta el peso de sus párpados, se concentra en un punto, un punto fijo en su mente. Respira lento.

- Es que ya ni sé qué pretendía curar con eso! Siquiera recuerdo por qué vine en primera instancia. Y quiero mi mamadera.

- Concéntrese en el punto, por favor.

- No! ..Y no apagues la luz!

- Concentración! ...vamos más adelante. Qué pasó ese día, hace 30 años?

- Conocí al viejo de la bolsa.

- Por favor...

- Sí, sí lo conocí, en serio! Y está ahí sentado!


Hubo una pausa y sólo se oía la escritura del psicólogo en su libreta. Al rato, al levantar la vista, su diván ya estaba vacío. No así el techo.

- Pero qué barbaridad! Disculpe, por favor!

- Tenga cuidado con el cielorrazo, lo pusimos la semana pasada! ..escuche, a la cuenta regresiva de tres, oirá el chasquido de mis dedos, entonces volverá a ese diván, y actuará normalmente, como un adulto decente. Tres...

- Bueno ahora me agarro de la cortina y bajo, señor.

- Dos...

- Ahí! Casi la tengo.

- Uno...

- La puta madre!

- A donde va, Perez! vuelva! despierte!...

Una ráfaga de viento abrupta absorbió todo lo que flotaba en el aire. Él pasó por la ventana abierta, abandonando el lugar. A la altura del séptimo piso un hombre yacía a la merced del viento, como una hoja.

- Pero qué barbaridad, pero qué barbaridad.. por qué no estamos en otoño?! - Repetía.


Una corriente de aire caliente lo tomó por sorpresa. Abajo, las viejas maldecían al noticioso y entraban sus repoceras. Mientras miraba a todos lados buscando sin esperanza un Secuoya gigante, Perez recordó tener su celular a mano para hablar a su mujer.


- Hola, amor. Disculpame, voy a llegar tarde a casa hoy.

- Qué paso?

- Y... un problema acá en el trabajo, nena, nada grave.

- En el trabajo a esta hora? Mirá que se te enfría tu mamadera...

- Sí, sí sé. Disculpame amor.

- Mira, acá hay mil facturas para pagar, las pasan por debajo de la puerta, que ya no abre. Y tu hijo necesita las llaves del auto. Quién escondió las llaves? Y nuestras sabanas verde-amarillas están sucias, amor.

- Uh, bueno... voy volando, llego en tres minutos, junto con el chasquido.

- Bueno, pero tenemos que hablar de hombre a hombre: hoy el perro se comió todo el pasto de la casa, que lo tenés que cortar porque está largo. Y traé plata para las expensas, que ya están por el cielo. Y forros, que ya viene el cartero. Llevaste tu rompevientos? Mirá que está por llover. Te apago la luz?

–No, no me apagues la luz.

- Y cuidado con el viejo de la bolsa. Nunca pensé que el perro fuera tan buen amante; pero lo tenés que cortar por que está largo. Así que terminaste la primaria? Dichoso; ahora tenés que trabajar! Pero conseguiste trabajo? No. Ultimamente estás en las nubes! no te ocupas de nada! Yo y tu madre no te vamos a bancar toda la vida.

- Si, si, lo sé. Pero es que este problema incide en mí cada vez más, y afecta mis relaciones con los otros y hasta me quita tiempo, incómodamente, este infeliz.

- Basta! ¿Por qué te vas siempre por la diagonal?

- Por que te la voy a poner cruzada. Chau!


Enardecido hombre en ascenso. La señal del teléfono todavía no se extinguía del todo, a la vez que sonaba el recordatorio de llamado.


- Licenciado, ¿cómo anda?

- Bien. Tenga cuidado, allá arriba también llueve. Escuche, su billetera ¿dónde estaba? La cambió de lugar..

- En el portafolio, junto a las cartas sin remitente, dentro de la bolsa negra. La guardé ahí por seguridad.

- ¿Me puede repetir el código de la tarjeta? Siempre me lo olvido.

- 5321.

- Gracias, que tenga un buen día.

- Disculpe...

- ¿Sí?

- Hágame la gauchada, a mi esposa se le están terminando las pastillas del tratamiento...

- No se preocupe en lo más mínimo. Yo me encargo de ese tratamiento especial.

- Gracias.


Perez siguió en ascenso. A la semana, el perro estaba más largo que nunca. El psicólogo se arropaba entre sábanas verde-amarillas habiendo desplazado al cartero.

Recién complacido, capta en el nuevo cielorrazo del dormitorio: un mosquito.

- No importa, sale por la ventana...











-AG-

martes, 26 de junio de 2007

Todos, ninguno / Sin recuerdo


Las luces se prendían y apagaban estorbando el ambiente. No había silencio y una vez más otro destello retumbaba en la llaga. A esto, Él no remediaba ocultando indignación: un sólo golpe de mano, una seña en seco bastaría para dar fin a todo ese universo, o dominarlo a voluntad, adormiladamente.


Pero su tolerancia era grande después de haber sido responsable del mundo más indiscreto parido bajo el Sol. Una experiencia que era bueno olvidar. Por eso, para no caer en su mismo jugo por exceso, la resignación fue el mejor alojo para su máquina destructiva-creadora, que antes había descansado en las yugulares ajenas, y en cuyas entrañas había ejecutado plectros festivos en cítaras radiantes. Vueltos de la rabia, productos de la desazón del fruto entregado por un áspid andariego.


Ya no importaba.
Sólo el pequeño sentimiento cada vez más fuerte en acosarlo. Pequeño como mil, dos mil cielos. Esa, la impensable chance de obtener tributo (ajeno). Pues nadie existía tan grande como Él. Pues se rodeaba de inventos débiles consternando su propio almacén de vida, devorándose unos a otros con apetito de paladear la mera existencia. Y no sabía cómo desaparecer ese placer ciego en sus creaturas, cabeceando ya indefinidamente el quicio del malestar por sus errores.

Una y mil veces se había repetido esta historia hasta la sinrazón. Era hora de crear algo diferente a todo lo demás, pues ni morir en el intento era una opción barajable en su repertorio. O encontrar un ente similar a Él, aun que sea en la más mínima medida, una naturaleza ajena a sus creaciones que apasigüe la absoluta soledad divida. O desvirtuar sus potencias y admitirse en quiebre, esperando el acontecer de un inusual en la oscura noche de la eternidad. Pero nada de esto era posible. Nada existía del lado externo de su interna energía creadora, un accionar autista que ya lo tenía desesperado, habiendo ligado lazos con una profunda inquietud.

Hasta que de pronto, en ese momento eterno, las creaturas tal vez no eran ya molestas, el zumbar imperfecto, grotesco de los mundos parecía entrar en armonía, en una rara frecuencia nunca captada. Abrieronse los ojos a una nueva realidad vertiginosa, en la que la solución comenzaba a mostrarse sugerente en bailes exóticos salidos de una nueva imaginación gestada poco a poco, como otro universo.

Al fin, como ningún extremo es bueno, la extremada omnipotencia se vio sucumbir bajo su propio peso.


Nunca nadie hubiera creído en Él abandonando su cargo, más nunca nadie hubiera podido tomar partida en evitarlo. Sólo se dejó ir por el impulso de jugar a ser una creatura más habitando el mundo más indiscreto, el tercero parido bajo el sol. Sólo supo defenderse imitando las imperfecciones de sus semejantes, y entonces, como todo ser humano, imperfecto, olvidó su pasado.







-Ag-
(2005)

domingo, 3 de junio de 2007

La Pirueta




Toda una vida sin rumbo te hace bueno en ocuparte en el hoy y no pre-ocuparte del futuro. La deriva bien podría ser un lugar, ese apacible donde todo pasa cuando deba pasar y no se apresuran ni demoran las cosas.

Cómodo en mi situación, pero siempre caminando, terminé encontrando alguien lo suficientemente mediocre para pensar que mi habilidad con el cuerpo lucraría. Y acepté una oferta también mediocre.

Escupir fuego es fácil. Más tarde pasé a hacer otras maromas y hasta compartí el acto con los clown. La gente olvidaba sus problemas y los chicos mostraban sus dientes amarillos en todo momento. La noche la festejábamos con Narizota, Zapatón, los siameses, el enano, y el gigante cuando el frío no pelaba los huesos, tenía un modesto ingreso diario, y a veces alguna aventura con la mujer barbuda.

Resultó que un día el flaco Rancio armó un nuevo número de trapecio que requería de un trapecista más, y entre todos los freaks yo era ese, que tenía la pinta más verosímil para la tarea. Así es que me enrolé en aprender y practicar las piruetas que mi cuerpo ducho comenzaba a adoptar fácilmente. Y un día mi acto concluyó, y la sarta del trapecio adoptó un hijo más.

Aquella noche estaba tensa. Y yo, siempre impasible, tan tranquilo que los otros se impacientaban por mí. Esa noche era la primera presentación del dichoso acto, y el anuncio incluso ofuscaba el enorme cartel del domador del oso, que daba sus últimos zarpazos lentos contra la sarna y la muerte. Esa noche, dicen, el pochoclero recaudó como para no trabajar por cinco días: a la enorme multitud de gente se le sumaba la ansiedad del momento.

Ya frente al público, por primera vez capté lo ridículo de mi calza ajustada bajo las luces. Y empezamos. Al principio unos trucos simples de calentamiento. Esos pobres nenes nunca habían presenciado un acto tal, reventando sus ojos hinchados. Se esperaba el gran salto mortal que cerraba el show, obviamente ejecutado por Rancio, el veterano, a quién yo debía que recibir con ambas manos, luego de dar mi voltereta pretenciosa en el aire. Y así fue: alta tensión en las rodillas y un ligero exceso de impulso; viento, mi mortal un tanto extendida con una vuelta más; segundos de diferencia; el viejo desorbitado buscando mis manos ausentes, chapoteando en el aire. Su historia terminó de cara en la red.

Y yo nunca me desplegué: di dos, tres, cuatro, y más vueltas a 20 metros. Es que había exagerado el envión. Daba por sentado que yo no caería en la red, pero iba ocupado en mi aire. Según mis cálculos y las expresiones de la gente, terminaría cayendo justo sobre ellos, pero yo seguía embobado en mi voltereta, mi mambo. Un limbo. Velocidad al viento, y un placer inigualable. La deriva, entonces sí era un lugar en donde todo pase cuando deba pasar y no se apresuren ni demoren las cosas. Y ese momento bien me dejaba pensar en mil cosas, sino vivirlas, después de todo, parece ser verdad el cuento de ver la vida delante de tus ojos en esos momentos de alto riesgo: el tiempo era otro diferente al de siempre, eran otras las cosas. Ese amanecer frío parecía hacerse presente de nuevo, en el que presenciaba mi propio nacimiento en el tren de los sueños, y a esa puta preñada, en el suelo del bagón, haciéndose cargo del destino por nueve meses, y seis semanas. A la séptima semana volví a sentir el frío de aquel entonces, el moisés, la casa de paja, esos viejos nómades que engendraron vicios nobles en mí. Los patos, el cielo, el nogal, el viento. Bigotes, chancletas, lombrices, mi bicicleta, la de Ana. Lunares, pecas. Caminos, desiertos. Las repentinas ganas de comerme el mundo entero de postre. Viajar a dedo con amigos, conocer la ciudad. Calles y callejones; idas y vueltas. El arte de la náusea. Y volver. Reiniciar. Así se me ha pasado este tiempo larguísimo.


Y debo confesarlo: sigo cayendo. Este viaje es el de mi vida, mientras los impresionables tapan los ojos de sus hijos impresionables, las bocas nunca tan abiertas; cejas incrédulas de lo que se les viene luego de tantos años: yo. Se abre un hueco: el piso desnudo está cerca. Este piso duro y frío, de circo o de bagón, y oigo el traqueteo del tren de madrugada que indica el principio de otra, y otra, y otra vuelta.



AG





Leí esto en algún lado:
-Eh estado pensando en algo que tu dijiste.
-Algo que yo dije?
-Sí. Sobre cómo a menudo sientes que
observas tu vida desde la perspectiva de
una anciana que esá a punto de morir.
¿Recuerdas?
-Sí. Todavía a veces siento como si mirara
atrás en mi vida. Como si mi vida
consciente fueran sus memorias.
-Exactamente. Y un segundo en la conciencia
de un sueño es infinitamente más duradero
que un segundo consciente.

sábado, 7 de abril de 2007

Fénix

Torre Atenas B, departamentos a estrenar.
-Es en la avenida, al 1200, del lado de los abetos, numeración par.

Se erige otra nueva construcción en una ciudad creciente, aparecen de a poco sus futuros habitantes, algunos de ellos viniendo de algún lugar lejano. Es el caso de Néstor, 25 años, sobreviviente, esperando construir una nueva vida sobre suelo firme, cimientos seguros. Mira arriba, se detiene.
-Piso doce, bastante alto no?

Al rato mira abajo y gente como hormiga. Se recuerda así de pequeño, parado sobre la vereda hace instantes.

Así, pasan las horas, incorporándose, sólo en su monoambiente.
-Piola el pendejo de planta baja, siempre me convida fuego cuando me lo olvido acá arriba.- Néstor se refiere a Julio, 21 años y a la deriva.

Así pasan los días.
Ese mismo viernes, charlando en la vereda, Julio sonríe:
-Acá en el segundo hay una flaca que está mortal, la viste? La rubita, petisa. Le vengo haciendo el filo desde que la vi, a la guacha. Ya va a conocer mis sábanas, vas a ver…
-Okey, estoy avisado.
-Tiene una amiga, vive con ella. Esa dupla se las trae te digo.
-Ah, si? Justo dos para dos.

Dicho y hecho: en una de esas noches se encuentran los cuatro, y de entre toda la gente se apartan y comparten unos tragos. Néstor, Julio, la rubita, y la amiga: María, 23 años, aspirante a modelo. Buena actriz.
A la tarde siguiente Julio retoma:
-Que tal la amiga?
-Mejor que la rubia.
-Anda a cagar! Te apuesto que se hace la interesante un rato y se las toma…
-Justamente.

La situación se repite con el tiempo, se juntan los cuatro, varias veces. Y la rubia conoce las sábanas al fin, y la ducha, y las estrellas. Y la náusea.
-En cambio vos, pezcadazo! Seguís tragándote el histeriqueo de esa flaca?- se ríe Julio, relajado.

Esa noche van al bolichito de siempre, los cuatro. Tarde, entre las luces del flash aparece Julio goteando su cerveza:
-Hoy la rubia no quiere que vallamos a su casa, se resiste a toda costa. Parece que va a haber alguien ocupado ahí más tarde: se te va a dar, pescadin! hoy te dice que sí!

Néstor asiente y ríe, y se dirige a buscar a María entre todas las cabezas saltando al ritmo de la fiesta. Entre el humo se distingue de repente, ella. Sonríen, piden algún trago y bailan.

Néstor y María. Casados hace tres años. Entre ellos. Néstor y Maria, jugando.









-AG-

El bar del Chueco



Su índice temblaba y las cartas comenzaban a resbalarse, la tensión era obvia en las miradas alrededor, pero la suya demostraba mayormente una profunda desesperación. Hasta me pareció ver una gota brotar de su sien, y caer lento hacia su cortado frío.
-Tomá y tranquilizate Fabio, terminá tu tasa.- Soné bonachón y comprensivo…


¡Si no habré estado en su situación antes! Tantas veces, que en parte es por eso que ahora era diferente y me tocaba a mí depredar. Ni el mazo entero en sus manos podrá competir con mi asombrosa jugada – pensé – mis cartas perfectas combinadas con maestría ejemplar, vuelto de tantos años jugando.

Dueño de una increíble inercia, impulsado perro ciego por un largo historial de victorias, me supe destinado a volver a ganar, como todas las noches, sin excepción, siempre ganando.

Así es, por raro que parezca, que desde hace años no he perdido ni una sola vez en cuanto juego halla participado: partidos de póker, truco. Cartas, apuestas. Todos los días vengo al bar del Chueco y la historia es la misma. Incluso podría presumir de una cierta mitificación de mis hazañas, lo cierto es que hablan de mí en los bares, y ya conformo una leyenda urbana de la que todos oyeron alguna vez.

Hasta llegué a preguntarme la causa de mi extraordinaria racha que no deja de hacerme ganar. Pues la respuesta es simple: en el bar del Chueco no puedo perder. Parece que un espíritu bondadoso, o quién sabe qué, me ha tocado mágicamente concediéndome el don de la victoria permanente, de la suerte. Y desde entonces no perdí nunca. Aun que al concurrir a otros bares, o al volver a mis queridos casinos, el toque cesaba, y por más esfuerzos que hacía nada salía bien. La gloria sólo se me da en este lugar, y soy el único que lo advierte.

Y puede soñar extraño, viniendo de un tipo serio como yo, que venga a hablar de cosas inexplicables aparentemente sobrenaturales. Pues no lo son, llamemosle simplemente afinidad. Afinidad entre este saurio del juego y su querido bar.

Pero ambicioso al fin, como todo ser humano, quise experimentar con nuevas experiencias. Fue así que con el tiempo comencé a ensayar nuevas combinaciones para sacar aún más provecho de esta rara condición. Comenzando por las apuestas en los partidos de fútbol, boxeo, tenis, caballos, galgos, y cuanta disciplina deportiva sintonizara el viejo 20 pulgadas del bar, y de las cuales, desde luego, no tenía la menor idea de las reglas o los participantes. Sólo seguía mi instinto, apostaba, y al terminar mi café me veía de nuevo con más dinero y sobretodo, más fama. Explayándome a otros ámbitos, desarrollé mi nueva suerte con las mujeres, las que frecuentaban el lugar. Y un día al verme en el reflejo de mi copa, me vi convertido en alguien carismático y respetado, y más allá de haber conservado mi distancia y misticismo, no dejé que mi superioridad se me suba a la cabeza y que mi ego coma a la nueva persona que estaba engendrando. Exitoso, al fin.

De esta forma aproveché la soberbia y la ambición de cada uno de mis oponentes en estos dos años, y mastiqué su ingenuidad hasta donde quise. Aprendí el lado productivo de la escoria que se almacena en este bar como en cada rincón de esta pocilga ciudad, se trata de almas en pena y donadies tratando de pellizcar migajas de una vida de la cual soy rey. Con el tiempo pude vivir de sus intentos sin problemas, y cada vez fue más genial: ascendí por el podio de los compulsos y llegué al altar de los adictos al azar, y con mucho estilo.


Volviendo mi mente al juego con Fabio, bajé la vista y, como un golpe, sentí algo extraño; él conservaba la expresión de miedo en toda su cara, pero había bajado cartas totalmente inesperadas para mí. Conservé la calma y me defendí inmutable. Pasaron unos segundos, y con ojos nunca antes tan abiertos e incrédulos, para sorpresa de todos cuantos miraban atentos alrededor, Fabio coronó su molimiento con un AS semitapado por su mano, dispuesto temblorosamente junto a su café, destruyendo mi jugada.
Todos tardamos un poco en entenderlo, o quizá en aceptarlo, pero el juego había terminado y yo había perdido. El silencio asemejaba un velatorio y nadie sabía qué iba a pasar. Yo me levanté de la silla, miré alrededor, tomé mi saco y sin pronunciar palabra dejé a todos mirando tiesos al pasar la puerta y dejar el lugar.
Caminé extrañado, como presa de un mal sueño, todo parecía irreal. Tardé un tiempo en amoldarme a la realidad mientras deambulaba sin rumbo por las calles. Ciertamente, no tenía a dónde ir.
Por la noche, alojado en una pequeña habitación de alquiler recordé a la que alguna vez había sido mi esposa, recordé nuestros problemas, mis salidas, a un hijo que se llevó de casa, entre otras cosas. Me sentí o muy estúpido o muy sabio en haber dejado todo eso atrás, todo eso que en conjunto formaba mi vida, y lo había reemplazado por el juego. Y dormí sin saber qué pensar.
Han pasado unas semanas, y recién ahora vuelvo al mismo lugar llevado por una caminata improvisada. Ahí está. Desde el otro lado de la calle se lo ve a Fabio por la vidriera del bar, tiene ojeras y barba, como yo. Parece concentrado en ganarle a su oponente en cartas. Y le gana. Pero puedo decir que no es feliz, sé que está muy mal. Permanezco parado frente al local por unos segundos, mirando. Me pregunto qué habrá sido lo que me llevó a todo esto. Sólo tengo una certeza, el Chueco es el mejor comerciante que conoceré jamás…

Ahora comprendo por qué Fabio temblaba tanto aquel día, y por qué nunca festejó el haberme ganado.












-AG-

Vientodestino en esta vidamar


Y así fue como la conocí, de casualidad, un día mirando el vasto mar. Tiene algo de inquietante ese enorme horizonte en el que por donde se mire, la línea es constante e inmutable, no respeta ni los más grandes navíos acercándose: es siempre uniforme, atrapante, infinita.

Ella también era infinita, interminable. Desde aquella primera vez que la vi en la playa supe que debía ser mía. Tan sólo el verla estar, correr, saltar, hablar o dormirse era hipnotizante. Ambos lo sabíamos. Sus formas se recorrían siempre placenteramente con la mirada. Ya nunca me aburría.

ue así que al pasar el tiempo construí poco a poco una relación con ella desde la nada, como si fuera mi propio muelle de maderas por mí plantadas, sobre el que luego caminara con orgullo, llegando a ser mi mayor sustento.

Al conocerla más profundamente me di con un arrecife de belleza abisal. Realmente perfecta era en su conjunto. Comencé a amarla.

Por supuesto, ningún amor verdadero es no correspondido. Horas pasaban mirándonos en el reflejo de las costas calmas. Y largas charlas. Y largos besos. Largo amor. Sus pecas se correspondían inexplicablemente con los granos de arena y sal bajo el agua transparente.
Justamente, nunca pude explicárselo por completo, aun creo que no entendió cuando intenté decírselo. Es que sus ojos me hacían preguntas. Su duda me atrapaba.

Pero un día, más por una cuestión geográfica que filosófica, le pregunté sin pestañear ni dejar de mirar la dichosa línea: -¿qué habrá más allá… no?- Yo aun señalaba el horizonte cuando lastimosamente dijo: -mi futuro.

Las nubes negras tapaban la luz de la luna. Reinaba la noche. Al menos lo oscuro no dejó ver las reacciones; yo no la ví correr, ella no me vio abrazar mi soledad.



El tiempo nunca se detuvo. El viento destino mueve la marea.



Miro el horizonte otra vez. La línea, allá lejos, quieta. Ignoro las razones del agua para permanecer hecha ojos sin desbordar, aun que sé que sería redundante sumar una o dos gotas más a este ya cargado océano.

La luna brilla y se refleja ondulante en éstas y otras aguas. Las aves duermen volando. Por mi parte, abajo, vuelo dormido; las olas borran palabras en la arena, pero se llevan el mensaje al mar.





-AG-

*este cuento contiene un fragmento de un peoma de un groso jujeño, Ernesto Aguirre. (Jujuy, 1953). Libros publicados: "Historietas" (1978); "Espejo astillado"" (en colaboración, 1980);"Café de la luz" (1984); "Crónicas del buen amor" (1986); "Sofía,in memoriam" (1995) Datos tomados de LETRAS JUJEÑAS - antología de poesía y cuento.

viernes, 6 de abril de 2007

Ella en mi cabeza



Sobre la mesa observaba el despliegue de la diaria visita al bar: restos de dos platos vacíos y de cortados, una mosca solitaria merodeando las últimas migajas dulces frente al cenicero, cartas avinagradas de una última partida, junto a las cuales el sendero circular de la ahora ausencia de vasos.

Ya solo, reordenaba y torcía las ideas efímeras que, olvidadas, mañana volvería a ordenar metódicamente.

Sólo el transcurrir de una tarde adormilada reflejándose en la pantalla del viejo televisor apagado, de modo que casi llegué a pensar que las telarañas estaban sobre el aparato, en vez de lo contrario.

Yo había tomado una servilleta en la que dibujaba esbozos de una figuración tosca sin prestarle a su ejecución la atención necesaria, casi automáticamente, como un títere del tedio.

En esto, una joven finísima entró al bar, su caminar era peculiar y modesto. La seguí con la mirada por no tener mejor cosa por hacer. De vestido rojo, tez lactescente e iris verdes tras los anteojos, escogió la mesa del medio y se sentó en actitud reservada, seguramente esperando a alguien. Ciertamente, era muy bella.

De una pequeña cartera negra sacó una pequeña libreta, pero la distancia no me permitía ver qué escribía en ella. Para mi sorpresa, no esperaba a nadie, sólo se limitaba a seguir escribiendo… siquiera había hecho su pedido, y el mozo parecía no advertir su presencia.

Al cabo de unos minutos, como era de imaginarse, sus ojos me apuntaron y, contrario a lo que pensé que haría, me dedicó un gesto sutil pero expresivo, una pequeña sonrisa recatada y ambigua, por la que no tuvo respuesta por mi parte. En realidad, me sorprendía su amabilidad, tanto que, no sé bien pensando en qué, me levanté de la silla y tras enfrentar el cuerpo hacia su dirección di una rápida media vuelta y volví a sentarme. Si bien había sido un movimiento brusco y bastante estúpido, me sentí inmediatamente obligado a repetirlo, sólo que esta vez ni la media vuelta ni el ridículo estaban en mis planes. Pero caminando hacia ella, de momento no supe qué decir, con la mente repentinamente en blanco, y me vi torpemente parado a su lado, en un silencio tan grande como mi confusión. Muy nervioso, permanecí como entonces hasta que, ya para bien, ya para mal, la chica interrumpió su escritura y viró para examinarme, con una obvia pregunta entredicha en el gesto de los labios. -Perdón, perdón,- balbuceé - disculpe…- hubo un silencio. Yo permanecía casi inmóvil y sudaba. Ella pareció entender, sonrió y continuó escribiendo en su libreta.

Con el peso de la derrota, fui a buscar unos grizines y un té helado. Mas, fue muy para mi sorpresa que, con estos en mano, comencé a caminar directamente de nuevo a la mesa de la joven. Frenético, quise evitarlo, pero para el momento ya estaba allí. Y más extraño aún fue no ver en su cara la más mínima expresión de sorpresa y, como broche de oro, aceptar halagada la bandeja que ahora me inclinaba levemente para ofrecerle. En mi mente todo era un caos, pues mi cuerpo se desenvolvía muy a contramano de mi voluntad, pero la chica mantenía la naturalidad de cuando entrando al bar.

Decidí volver a mi mesa y ocuparme en mis cosas, pero esto último tampoco fue posible ya que al llegar a ésta tomé el cenicero en el que mi cigarrillo ya se había consumido solo y, siempre como un autómata, lo dispuse cómodamente en su mesa. Ella acababa de encender un fino cigarro y dejado de escribir.

Yo ya no sabía qué pensar. Exhausto, parado frente a su asiento, ordenaba las palabras: -¿Qué es todo esto?- ella permanecía en sus asuntos -¿Qué es todo esto? Sé que tenes algo que ver con lo que estoy haciendo…- insistí impacientado, tuteando para reforzar. Pero sólo me esperaba más silencio. Había vuelto a escribir, y rió levemente. –¡Quién sos!- levanté la voz, a lo que la gente comenzaba a darse vuelta para observar la extraña situación. Como se detuvo su escritura, me esforcé por leer qué era eso tan importante que la mantenía sin quererme contestar. Encongí la vista, puesto que tal era la rigidez de mi cuerpo ajeno a mi voluntad que apenas podía acercarme a la dichosa libreta. Luego de unos segundos finalmente logré descifrar lo que en ella acababa de escribir: “…finalmente logró descifrarlo, pero no quiso saber más, y volvió a su lugar calmadamente.”

Retrocedí exaltado, vi su sonrisa y sus ojos verdes mirándome con cierta ironía. Ciertamente, mi cuerpo dio media vuelta en expresión de no querer saber más y volvió a mi mesa aparentemente con calma, dando la espalda a toda la situación. Pero a diferencia de lo externo, en mi mente me ahogaba en un mar de pensamientos de todo tipo. Estaba perturbado, pero intenté apaciguarme mientras sentía volver a regir sobre mi cuerpo. Al bajar la mirada observé sin poder creer cómo, en la servilleta en la que antes había estado haciendo unos esbozos casi sin darme cuenta, se distinguía la joven de vestido rojo fumando y disfrutando de un té helado.

Tomé el papel entre ambas palmas y lo destrocé frenéticamente. No quise voltearme a ver, pero era innegable que en el reflejo del viejo televisor apagado se observaba en la mesa del medio un cigarrillo encendido y ya nadie para fumarlo.









-AG-